Tres pilares de la buena argumentación

Claridad, relevancia, suficiencia

Algo así como el “limpia, pule y da esplendor” tan cuestionado de la RAE; la argumentación como “sistema comunicativo” también tiene tres directivas: ser claros, dar información relevante y que sea suficiente para convencer al otro. 

Desde la Retórica aristotélica (IV a.C.), pasando por la Dialéctica, la Lógica, la Argumentación filosófica, la Pragmadialéctica, la Lingüística, han transcurrido la bicoca de veinticuatro siglos ―ha leído bien, 2400 años― en que autores del calibre de Cicerón y Hegel han postulado las bases de la argumentación. Grandes pensadores se han esforzado por enumerar los tipos de argumentos y las posibles falacias. 

A lo largo de los siglos, con cada cambio de paradigma filosófico en Occidente, las obras sobre argumentación añaden, discuten, rebaten, consensuan y, por supuesto, tributan a Aristóteles sobre qué es la argumentación, para qué sirve, qué funciona de premisa, qué es un argumento y qué es una falacia.

En poquísimas palabras, no hay una sola manera de definir esta disciplina. Sin embargo, sorpresivamente, hay tres principios que nadie discute desde el siglo XX: las bases de una buena argumentación se cumplen cuando se obedecen los criterios de claridad,  relevancia y suficiencia. También hay consenso en aceptar que, si se infringe alguno de estos tres criterios, entonces, se está cometiendo una falacia.

Criterio de relevancia

A grandes rasgos, la relevancia indica que todo lo que se escriba en un texto “venga a colación de”, “vaya al caso”, es decir, que tenga relación con el tema sobre el que se está argumentando. 

Es decir que si uno se va por las ramas, se detiene en otro asunto, comete digresiones o hace una libre asociación de ideas está atentando contra el criterio de relevancia y, por lo tanto, está muy cerca de cometer falacias.

La relevancia implica también contar con la capacidad para lidiar contra los potenciales contraejemplos y objeciones a nuestro análisis.

Criterio de suficiencia

La suficiencia es la otra cara de la moneda, significa que la información que uno provea debe alcanzar, ser suficiente, para validar, probar o demostrar aquello sobre lo que quiere argumentar.

La gran pregunta es “cuánto es suficiente”, dependerá del buen recorte que se haga del tema. Si uno circunscribe bien el asunto, puede controlar la cantidad de información que provee que se erigirá como relevante para el caso. Aquí la clave reside en qué objetivo uno se plantea al momento del escribir ese texto. Por ejemplo, si mi objetivo es evaluar de qué manera se entiende el principio de proporcionalidad en un determinado fallo, alcanzará con que desmenuce ese fallo a fondo en relación al uso que se está dando a ese principio. 

Por el contrario, si no establezco un objetivo puntual, o tal vez mi objetivo es demasiado ambicioso, entonces difícilmente logre cumplir con el criterio de suficiencia porque siempre me faltará algo para completarlo.

Criterio de claridad

El criterio de claridad no es más que escribir de una manera para que el otro entienda lo que uno quiere decir. Desaconseja, por tanto, contra cualquier intento de comunicación críptica, barroca, rebuscada o, simplemente, mal redactada.

La claridad es la base de cualquier texto bien logrado. Pero no se debe confundir con el concepto de “lenguaje claro” en derecho, que pretende simplificar los tecnicismos jurídicos para que cualquier ciudadano de a pie comprenda una sentencia, por ejemplo.

Aquí no se trata de “simplificar”, sino de organizar las ideas y estructurar el escrito con coherencia, de manera tal que se entienda cuál son las premisas, cuál es la postura, qué estrategias de argumentación se seleccionaron y cuál es la conclusión que deriva de esa argumentación. 

En derecho, abundan ejemplos de párrafos que atentan contra el criterio de claridad, en el sentido literal de la palabra: un verdadero atentado contra las buenas prácticas del lenguaje. El lenguaje críptico, sin embargo, no es privativo de las Ciencias Jurídicas, solo que viene acarreando siglos de expresiones barrocas desde el Imperio romano. No es tan fácil romper con la tradición, pero podemos aggiornarla, respetarla actualizándola a nuestros tiempos.  

La cruzada contra el oscurantismo sintáctico

Veamos un ejemplo de un párrafo críptico: 

Imaginemos un texto completo con este estilo que obliga al lector a traducir qué demonios quiso decir esta persona. Por el tono afirmativo, intuimos que este párrafo pretende presentar premisas, sin embargo, al no comprenderse qué es lo que está planteando, le cabe al lector tres reacciones: obnubilarse por los artilugios retóricos y creer que este buen señor ―o señora o enviado del espacio― sabe lo que dice; indignarse o ignorarlo. 

Las tres reacciones son bastante peligrosas cuando de argumentación se trata. La primera, obnubilarse con los ardides retóricos por la propia ignorancia ya nos deja fuera de juego porque aceptamos todo como válido, simplemente por no entender qué está diciendo. Aquí se echa mano de un recurso bien conocido, combinar un adjetivo con un sustantivo que provienen de campos semánticos distintos:

🪶 zozobra dogmática
🪶 flagrante hipertrofia
🪶 intersticio fenomenológico
🪶 anomia soterrada

En la narrativa se utiliza bastante este recurso para generar un efecto sorpresa en el lector, porque no espera esa combinación de palabras.

Luego tenemos pares de palabras que, parecen decir algo, pero en realidad son tan generales que tampoco sirven a los efectos de la claridad:

🪶 correlato ético-teleológico
🪶 hermenéutica jurídica
🪶 simulacro procedimental

Estas tres expresiones podemos interpretarlas en el contexto de un buen escrito, pero así enunciadas solo trasladan al lector el trabajo de sacar en limpio el significado. Curioso que la tarea de limpieza esté involucrada en la escritura. Pues sí, la potencia argumentativa se logra a medida que uno incorporar técnicas de pulido, encerado y brillo, como un buen artesano de las letras.

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